Yo quiero vivir en Hyrule


EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Jesús Serrano Aldape

 

Breath of the Wild, la más reciente entrega de la saga The Legend of Zelda es quizá el mundo abierto más inmersivo y pleno creado en la historia de los videojuegos, uno en el que, seguro, pasaremos cientos de horas vagando con la boca abierta.

 

De adolescente quedé marcado de por vida cuando Link, ese niño sin hada, se despide de Saria en el bosque perdido de los Kokiri. Así recuerdo decenas de instantes recorriendo Hyrule. Me he extraviado por muchas horas en una historia que siempre es la misma, pero nada se compara a vivir dentro de un mito. La idea de dejar todo y tomar una espada para descubrir poco a poco un mundo fascinante, hizo presa de mí desde pequeño, desde el primer Zelda.

Desde entonces he seguido cada juego como si fuera el Grial, siempre asombrado, pero lo que he sentido con la más reciente entrega es algo que nunca había experimentado en este medio.

The Legend of  Zelda: Breath of the Wild (Wii U, Switch, 2017) es una reinvención de todos los recursos estilísticos, no solo de la franquicia, sino del videojuego moderno, como si Nintendo le dijera con ello al resto de la industria: “Aquí estamos, no hemos muerto y hemos tomado nota de absolutamente todo lo que han hecho en nuestra ausencia”.

Breath of the Wild es todo lo que los anteriores episodios de Zelda buscaban ser, la suma metódica de todas las partes para entregar el Zelda quintaesencial.

Como historia, la saga completa no es más que la reactualización del viaje del héroe que explica Joseph Campbell; un mosaico reverencial de la vida pastoral y, desde su creación en 1986, inspirado por las escapadas infantiles de Shigeru Miyamoto —el también afamado creador de Mario—, una trillada historia de la espada en la piedra.

Pero también implica destellos de religiosidad nipona y ya Jonathan L. Walls, compilador del libro The Legend of Zelda and Theology, comentaba que los padres de alguno de sus compañeritos de la primaria habían cambiado el título de The Legend of Zelda: a Link to the Past, por el de Jesuscrist: a Link to the Past.

Así, hay análisis en que la llamada Trifuerza, que no es otra cosa que Link, el héroe; Zelda, la princesa que será liberada, y Ganondorf, el antagonista, son comparados con la santísima trinidad. Ninguna de esas relaciones son tan manifiestas, pero quizá expliquen por qué hay una legión de auténticos creyentes en la saga de Nintendo; por qué hay una cronología a la Tolkien y por qué ha sobrevivido más de 30 años.

En Zelda se lleva a cabo la idea circular del mito, porque siempre es la misma historia contada con otros protagonistas (que en realidad representan lo mismo) en distintas épocas. Jugar un Zelda, así, es vivir en un mito en que el usuario vagará buscando la solución a enigmas en los calabozos o dungeons y obtendrá de paso experiencia, reliquias y poder tras cada prueba hasta llegar a la confrontación final. Inherentes hay personajes y conceptos que quizá ninguna saga ha expresado con tanto garbo en el medio, con un toque de fantasía y humor infantil, además simbologías y metáforas bastante profundas (y en ocasiones oscuras, como en Majora’s Mask, 2000) que logran que los adultos también se identifiquen, más allá del factor nostalgia.

UN NUEVO REY

Tal vez nunca se había llegado de forma tan representativa a la expresión de ese universo como en Breath of the Wild. No solo ha roto los récords de calificaciones perfectas en el portal Metacritic, sino que es probablemente el videojuego mejor concebido y armado de la historia, una entrega que abreva las anteriores ediciones con los hallazgos más trascendentes de otras sagas del videojuego moderno.

Así, tenemos un toque de la narrativa y dificultad opresiva de Dark Souls; las inmensas planicies de Xenoblade Chronicles y Skyrim, las numerosas actividades extra de mundo abierto que mantienen al jugador siempre “haciendo algo”, de Red Dead Redemption, y la importancia de las historias y misiones alternas en The Witcher para forjar la personalidad del héroe.

Subir a las torres y revelar una pequeña porción del mapa trae consigo la sensación infantil de descubrir el mundo por primera vez; platicar con los aldeanos, cocinar y domar un caballo o simplemente echarse a rodar por los caminos de ese mundo inmenso es una experiencia memorable y distinta cada vez.

Con Breath of the Wild ya perdí la cuenta de las veces en que me he quedado sin habla y he sonreído como un idiota.

Jugar diez horas seguidas y descubrir que no nos importa el trasero adolorido, mientras las botellas de orina se acumulan a nuestro alrededor, es un placer nada culpable; queremos vivir en ese Hyrule, forjado en décadas de historias, en donde cada una de ellas aportó algo importante, que es recordado, a veces con un giño de ojo de los creadores a sus fans, cuando un monte o llanura lleva el nombre de un entrañable personaje del pasado. Una reactualización impactante del mito moderno.



MÁS INFORMACIÓN


¿Deseas opinar sobre este artículo?