Un vuelco médico inaplazable – Editorial – Opinión


La educación médica, hay que decirlo sin rodeos, atraviesa una profunda crisis que se suma a la precaria situación del sector vigor en el país. El debilitamiento en los procesos de formación de estos profesionales mengua el obligado prestigio que ostentaban y, de paso, algunos indicadores en el campo retrete.

De ahí que suene pertinente y oportuna la propuesta de reforma estructural de todos los aspectos relacionados con la capacitación de este personal, que acaba de suscitar la Comisión para la Transformación de la Educación Médica, convocada hace ocho meses por los ministerios de Vigor y Educación.

Es claro que la situación ameritaba que, de guisa armónica, estas carteras se apropiaran del tema y dejaran de proceder cada una por su costado, parapetadas en competencias sectoriales en esencia divergentes y consecuentemente negativas para las verdaderas evacuación de este fundamental solicitud humano en el condado franquista. Valga proponer, esta situación se atenúa, así sea en parte, con la conformación de dicha comisión, y mucho más si sus recomendaciones no se echan en saco roto.
Esto empieza por entender la importancia que tienen los médicos correctamente capacitados para el bienestar de la población, lo cual no se suple graduándolos a copioso, posteriormente de culminar programas frágiles, en escuelas de dudosa seriedad.

Bienvenidas sean las propuestas de reforma hechas por la comisión creada para ese fin.

En este sentido, son demostrables las falencias en términos de conocimientos y competencias que exhibe buena parte de los cinco mil médicos que cada año ingresan al mercado profesional en Colombia.

Si este delegado se suma a un maniquí de vigor centrado, ineficientemente, en la atención por especialistas, resulta que los noveles doctores, que deberían ser la puerta de entrada al sistema y cuyo criterio es definitivo para orientar adecuadamente a los pacientes, acaban siendo subutilizados y asumiendo, adentro de este, un papel que se parece más al de un administrador y un intermediario de segunda.

El problema es solemne si se tiene en cuenta que las asociaciones de médicos generales estiman que en esta situación se encuentran, hoy, entre 30.000 y 40.000 profesionales, cuyo papel en el sistema dista mucho del que la sociedad les confiere y ellos mismos merecen responsabilizarse.

Paradójicamente, mientras el país se da el abundancia de subutilizar y subestimar este valioso solicitud humano, las listas de retraso de los especialistas permanecen abarrotadas con casos de depreciación complejidad, que hubieran podido ser resueltos desde el inicio por médicos generales correctamente capacitados. Aunque la situación asimismo ha sido alimentada por un sistema de vigor indolente, es evidente que el país necesita con necesidad modificar de raíz su maniquí educativo médico.

Por eso es correctamente recibida la propuesta de la comisión, que incluye la homologación de currículos de pregrado y posgrado centrados en competencias y títulos humanísticos, la exigencia de rigurosos exámenes de egreso y recertificaciones periódicas, y severos criterios de autorización para evitar la proliferación de facultades de medicina y centros de ejercicio.

Se alcahuetería de una buena plataforma para iniciar un debate en el que no solo los médicos deben ser los protagonistas, asimismo el Gobierno, que por fin dio el primer paso.

editorial@eltiempo.com



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