Tres joyas del libro póstumo de Umberto Eco – Música y Libros – Cultura


La sociedad líquida

Como es acertadamente sabido, la idea de modernidad o sociedad “líquida” se debe a Zygmunt Bauman. Al que desee entender las distintas implicaciones de este concepto le será útil percibir ‘Estado de crisis’, obra en la que Bauman y Carlo Bordoni debaten sobre este y otros problemas.

La sociedad líquida empieza a perfilarse con la corriente convocatoria posmodernismo (término ‘comodín’, que puede aplicarse a multitud de fenómenos distintos, desde la bloque hasta la filosofía y la humanidades, y no siempre con puntería). El posmodernismo marcó la crisis de las “grandes narraciones” que creían poder aplicar al mundo un maniquí de orden; tenía como objetivo una reinterpretación lúdica o irónica del pasado, y en cierto modo se entrecruzó con las pulsiones nihilistas. No obstante, para Bordoni igualmente el posmodernismo está en escalón decreciente. Tenía un carácter temporal, hemos pasado a través de él sin darnos cuenta siquiera, y algún día será estudiado como el prerromanticismo. Se utilizaba para señalar un aberración en estado de explicación y ha representado una especie de trayecto de la modernidad a un presente todavía sin nombre.

Para Bauman, entre las características de este presente en estado inaugural se puede incluir la crisis del Estado (¿qué sencillez de valor conservan los Estados nacionales frente al poder de las entidades supranacionales?). Desaparece una entidad que garantizaba a los individuos la posibilidad de resolver de una forma homogénea los distintos problemas de nuestro tiempo, y con su crisis se ha perfilado la crisis de las ideologías, y luego de los partidos, y en común de toda apelación a una comunidad de títulos que permitía al individuo sentirse parte de poco que interpretaba sus micción.

Con la crisis del concepto de comunidad surge un individualismo desenfrenado en el que nadie es ya compañero de camino de nadie, sino contrincante del que hay que protegerse. Este “subjetivismo” ha minado las bases de la modernidad, la ha vuelto frágil, y eso da oportunidad a una situación en la que, al no favor puntos de relato, todo se disuelve en una especie de solvencia. Se pierde la certeza del derecho (la magistratura se percibe como enemiga), y las únicas soluciones para el individuo sin puntos de relato son aparecer sea como sea, aparecer como valencia, y el consumismo. Pero se prostitución de un consumismo que no tiende a la posesión de objetos de deseo con los que contentarse, sino que inmediatamente los vuelve obsoletos, y el individuo pasa de un consumo a otro en una especie de voracidad sin objetivo (el nuevo teléfono móvil nos ofrece poquísimas prestaciones nuevas respecto al añoso, pero el añoso tiene que ir al desguace para participar en esta orgía del deseo).

Crisis de las ideologías y de los partidos: cierto ha dicho que estos últimos son ahora taxis a los que se suben un cabecilla o un capo mafioso que controlan votos, seleccionados con descaro según las oportunidades que ofrecen, y esto hace que la talante en torno a los tránsfugas sea incluso de comprensión y no ya de escándalo. No solo los individuos, sino la sociedad misma, viven en un proceso continuo de precarización.

¿Hay poco que pueda sustituir esta liquidación? Todavía no lo sabemos, y este interregno durará proporcionado tiempo. Bauman observa que (desaparecida la fe en una salvación que provenga de las paraíso, del Estado o de la revolución) es característico del interregno el movimiento de indignación. Estos movimientos saben lo que no quieren, pero no saben lo que quieren. Y quisiera recapacitar que uno de los problemas que se les plantean a los responsables del orden sabido premeditadamente de los “bloques negros” (táctica de manifestación donde los participantes llevan ropa negra para evitar ser identificados y parecer una sola masa*) es que no es posible etiquetarlos, como se hizo con los anarquistas, con los fascistas o con las Brigadas Rojas. Actúan, pero nadie sabe cuándo ni en qué dirección, ni siquiera ellos.

¿Hay algún modo de sobrevivir a la solvencia? Lo hay, y consiste lícitamente en ser conscientes de que vivimos en una sociedad líquida que, para ser entendida y tal vez superada, exige nuevos instrumentos. El problema es que la política y en gran parte la ‘intelligentsia’ todavía no han comprendido el talento del aberración. Bauman continúa siendo por ahora una ‘vox clamantis in deserto’ (el sociólogo polaco falleció el 9 de enero*). 2015

* Notas de EL TIEMPO

Izquierda y poder

Yo no estaba presente cuando sucedió el hecho, pero me lo contó una persona fidedigna. Pues acertadamente, en 1996 Romano Prodi acababa de aventajar las elecciones y por primera vez subía la izquierda al poder (en Italia*). Gran fiesta, creo, en la romana Piazza del Popolo, muchedumbre delirante. Mientras Massimo D’Alema (entonces secretario común de los Demócratas de Izquierda*) se dirigía en torno a la tribuna, una mujer lo tomó por el remo gritando: “¡Compañero Massimo, ahora sí que haremos una concurso musculoso!”.

Fin de mi historia, pero no de la maldición de la cual era representación. La militante había entendido que su partido había reses, pero no que estaba obligado a ir al Gobierno, y no podía concebir un partido que estuviera obligado a afirmar que sí a un montón de cosas, porque siempre lo había pensado como una fuerza heroica y testaruda que a todo le decía que no.

Ahora acertadamente, en ella se resumía una trágica historia de la izquierda europea: durante más de 150 primaveras había vivido como fuerza de concurso; revolucionaria, sí, pero sumida en una larga prórroga, llena de sufrimiento, de que estallara la revolución (y en Rusia y en China, donde estalló, obligada a regir y a no oponerse, poco a poco esa izquierda se fue convirtiendo en una fuerza conservadora).

Por eso la izquierda siempre se ha sentido capaz de afirmar que no y ha mirado con escama a esas alas que se aventuraban a afirmar que sí con la boca chica, expulsándolas como socialdemocráticas; y cuando decían que sí, sus militantes abandonaban el partido para fundar otro más radical. Por esa razón la izquierda siempre ha sido escisionista, condenada a una cariocinesis perpetua, y por supuesto, con tal proceder nunca ha sido lo proporcionado musculoso para ir a regir. Y quisiera añadir, malignamente, por suerte, porque entonces se habría pasado obligada a afirmar que sí, con todos los compromisos que conlleva tomar decisiones de gobierno, y diciendo que sí habría perdido esa pureza íntegro que la veía siempre derrotada y altivamente capaz de rebotar las seducciones del poder. Se conformaba con pensar que ese poder que rechazaba conseguiría destruirlo algún día.La historia de esa mujer de la Piazza del Popolo explica infinitas cosas que siguen pasando hoy en día. [2015]

La pérdida de la privacidad

Uno de los problemas de nuestro tiempo, que (a arbitrar por la prensa) obsesiona en cierto modo a todos, es el de la convocatoria ‘privacy’, que, por decirlo de forma muy snob, se puede traducir como ‘privacidad’. Dicho llanamente, significa que todo el mundo tiene derecho a ocuparse de sus asuntos sin que los demás, en peculiar las agencias vinculadas a los centros de poder, se enteren. Y existen instituciones creadas para certificar la privacidad (pero, por privanza, llamándola ‘privacy’, de lo contrario nadie la toma en serio). Por eso nos preocupa que, a través de nuestras tarjetas de crédito cierto pueda conocer qué hemos comprado, en qué hotel nos hospedamos y dónde hemos cenado. Por no dialogar de las escuchas telefónicas cuando no son indispensables para identificar a un delincuente; recientemente, incluso Vodafone (empresa británica de telecomunicaciones*) ha resuelto una advertencia sobre la posibilidad de que agentes más o menos secretos de cualquier nación puedan conocer a quién llamamos y qué decimos.

Parece, pues, que la privacidad es un acertadamente que queremos defender a toda costa, para no estar en un mundo de Gran Hermano (el efectivo, el de Orwell), donde un ojo universal puede controlar todo lo que hacemos o, incluso, pensamos.

Pero la pregunta es: ¿positivamente le importa mucho a la muchedumbre la privacidad? Ayer, la amenaza a la privacidad era el chismorreo, y lo que se temía del chismorreo era el atentado contra nuestra reputación, sacar a la calle los trapos sucios que debían ser legítimamente lavados en casa. Pero, tal vez a causa de la convocatoria sociedad líquida, en la que todo el mundo sufre una crisis de identidad y de títulos, y no sabe dónde ir a averiguar puntos de relato que le permitan definirse, el único modo de conseguir inspección social es “hacerse ver” a toda costa.

Y así, la señora que comercia con su cuerpo (y que antaño procuraba ocultar su actividad a los padres o a los vecinos), hoy se hace tachar ‘escort’ y asume alegremente su papel sabido presentándose incluso en televisión; los cónyuges, que antaño ocultaban con celo sus desavenencias, acuden a los programas basura para representar entre los aplausos del sabido el papel del infiel o el del engañado; nuestro vecino del transporte sabido cuenta por teléfono en voz adhesión lo que piensa de su cuñada o lo que ha de hacer su asesor fiscal; los investigados de toda clase, en vez de retirarse al campo hasta que la tormenta del escándalo se haya calmado, multiplican sus apariciones con una sonrisa en los labios, porque mejor es usurero conocido que honrado por conocer.

Hace poco apareció en ‘La Repubblica’ un artículo de Zygmunt Bauman en el que se destacaba que las redes sociales (en peculiar Facebook), que representan un útil de vigilancia del pensamiento y de las emociones ajenas, son utilizadas por distintos poderes con una función de control, gracias a la colaboración entusiasta de quien forma parte de ellas. Bauman palabra de una “sociedad civil que promueve la exposición pública de uno mismo al rango de prueba eminente y más accesible, encima de verosímilmente más eficaz, de existencia social”. En otras palabras, por primera vez en la historia de la humanidad, los espiados colaboran con los espías para facilitarles el trabajo, y esta entrega les proporciona un motivo de satisfacción porque cierto los ve mientras existen, y no importa si existen como criminales o como imbéciles.

Igualmente es cierto que, una vez que cierto puede saberlo todo de todos, cuando los todos se identifiquen con la totalidad de los habitantes del planeta, el exceso de información solo producirá confusión, ruido y silencio. Esto debería preocupar a los espías, porque a los espiados les encanta que al menos los amigos, los vecinos y quizá los enemigos conozcan sus secretos más íntimos, ya que es el único modo de sentirse vivos y parte activa del cuerpo social. [2014]

UMBERTO ECO



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