Semblanza sobre el periodista Enrique Santos Castillo – Gente – Cultura


Hoy hace cien abriles nació mi padre, Enrique Santos Castillo, frente a la plaza principal de Tunja, en una casa prócer que olía a tinta de imprenta y al jazmín que florecía en su amplio solar. Desde muy caprichoso vería desde allí la luz que irradiaba La Linterna, el gaceta libre que fundara su padre, mi antecesor, el fabuloso periodista Enrique Santos Montejo, Calibán. Este ámbito tunjano, el recia olor de la tinta sobre el papel y la dulzura de la tierra boyacense forjarían para siempre su instinto de listo periodística y su carácter de hombre sencillo, franco, cariñoso.

Fue un boyacense siempre hasta la cepa, pero igualmente un tunjano universal. Nunca olvidó “la tierrita” y nos enseñó a ingerir los “cocidos” y las almojábanas de Sogamoso o Ventaquemada, y se cultivó en lo mejor del pensamiento y las maneras que conoció en Europa y Norteamérica. Fue así el hombre que expresó mejor la fusión de la capa castellana con la ruana boyacense.

Durante casi 85 abriles, su corazón palpitó a un ritmo incesante, como un perpetuo tecleo de máquina de escribir, con la fuerza infatigable de una tren. Y tuvo en este horizonte una virtud infrecuente: si ponía los oídos sobre los rieles, escuchaba, sabía aún desde muy allá que ya venía el tren. Esa tren que sabía detectar cuando nadie ni siquiera la intuía era su capacidad para explorar primero en el derrota lo que venía: la información.

Porque fue, sobre todas las cosas y por siempre, solo poco único: PERIODISTA. Así, con mayúsculas.

En el ámbito privado, los de su ascendencia sabemos la dimensión infrecuente que tuvo como padre, como persona, como miembro de tribu. Fue un gran padre, un padre maravilloso al mejor estilo de Michel de Montaigne, porque nos permitió a sus hijos, como los pájaros con sus polluelos, esfumarse solos desde muy jóvenes, siempre guiándonos de allá. Y nos enseñó muchas cosas: el simpatía por Boyacá y por Colombia, entender que el orgullo es una expresión del egoísmo, o que para ser tolerantes –condición esencial para alcanzar la paz– hay que ver las cosas más con el corazón que con los luceros, o que nadie tiene éxito si le tiene miedo al fracaso.

Lo que conmemoramos ahora, a un siglo de su origen, es su enorme dimensión como periodista. Un periodista que no tuvo un gran gratitud mediático, ni siquiera como su padre, Calibán, que fue el columnista diario más conocedor y más influyente del país durante toda una época. Pero sí fue el periodista que durante casi setenta abriles, anejo con su hermano beocio, Hernando, con quien, a pesar de ser diferentes, fue su mancorna en el manejo del gaceta, permaneció como una columna de mármol detrás de todas las informativo que estremecieron al país y al mundo, y que los colombianos vivieron con salida o asombro.

Mi padre fue, sobre todas las cosas y por siempre, solo poco único: PERIODISTA. Así, con mayúsculas

Durante décadas fue corazón y alma en el diario fragor de las informativo del principal gaceta del país. Como principal de redacción o editor normal, fue el periodista que decidió desde el titular hasta el contenido de cada información, desde el anuncio del final de la Segunda Eliminación Mundial, los asesinatos de Jorge Eliécer Gaitán o John F. Kennedy, el hombre en la Reflejo, las tragedias de Popayán o de Armero, todo; Papas y presidentes, grandezas y miserias del país y el mundo, todo lo que aún perdura en la memoria, o lo que el derrota se llevó. La historia humana de una nación y del mundo, pero igualmente los hechos de las pequeñas cosas, como las páginas sociales que cuidaba celosamente, las bodas, la vida de los pueblos y los barrios y veredas, desde las fiestas de las bandas de Paipa hasta los conciertos de música clásica en Popayán.

Y él, siempre ahí, las 24 horas, hasta las madrugadas, olfateando, atrapando y forjando las informativo, liderando e inspirando a periodistas durante generaciones.

Según pasaron los abriles, era en el gaceta no una persona, sino una esencia tan entrañable y fundamental como la tinta, como el papel, como la rotativa, como el sonoro tecleo de los linotipos ardientes, o el rumor de las máquinas de escribir; igualmente, el silencio frío pero implacable de los computadores…

Fue faro y vigía para vigilar y conservar costumbres y tradiciones. Se adaptó y asimiló todos los cambios, siempre de frente en defensa de la autonomía y la democracia, siempre con talante y disposición libre, pero igualmente conservador inequívoco frente al imperio de la autoridad y la seguridad para todos los colombianos.

Tal vez nunca a ningún colombiano le ha cabido un gaceta en la habitante como a Enrique Santos Castillo. Y esto quiere opinar que cien o más páginas diarias, desde las políticas, económicas, deportivas y culturales hasta aquellas de crónica roja o de vanidad social, pasaban por sus manos, se decidían, se forjaban como la misma crimen corría por su cuerpo brioso y agitado, como si fueran su vigor, su esencia… Eran las informativo de la humanidad y de la heredad, que lo alimentaban e inspiraban. Esa fue su pasión y su vida, sin odios ni mentiras, sin adulaciones ni protagonismos personales.

El polo a tierra del gran periodista fue siempre su esposa, Clemencia Calderón, cuenta el presidente Santos.

Foto:

Archivo histórico EL TIEMPO

Esto lo hizo un hombre poderoso que despreciaba el poder. Podía departir todos los días con el Presidente, con los ministros, con los banqueros, con alcaldes, militares y jueces. Asimismo lo hacía con reinas de belleza, con guerrilleros, con campesinos de tierra fría y caliente, con ‘lagartos’ y políticos y personas representativas de toda la aventura humana del hombre colombiano.

Y tanto frente a los poderosos como a los humildes, era el mismo boyacense que se sentía por igual siempre, refinado o campechano, pero sobre todo sincero y respetuoso con todos. Por eso, con su gran corazón recogía cada día la cosecha del cariño de la muchedumbre.

La misma muchedumbre, los mismos ciudadanos de todas las condiciones culturales y sociales que lo apreciaron y admiraron ayer y que hoy reconocen y celebran que Enrique Santos Castillo haya dejado una marca indeleble en más de medio siglo de periodismo en nuestro país. Que su personalidad, carácter y trabajo sean un ejemplo de vida para la presente y las futuras generaciones de boyacenses y de colombianos.

¿Qué diría del periodismo coetáneo? “Que la chicha se puso a peso”, una expresión que utilizaba frecuentemente cuando las cosas se complicaban. Y lo diría porque el papel que jugó toda su vida, el de editor, el de intermediario y filtro de las informativo, el que les da dimensión y contexto, el que separa lo trivial de lo trascendental, se ha venido debilitando y deformando en Colombia y el mundo. La inmediatez que han impuesto la tecnología y las redes sociales, al igual que las crecientes dificultades económicas de los medios tradicionales, han convertido a los editores y directores en simples transmisores. Ya no hay tiempo para evaluar. Los hechos que se vuelven información ya no son los que el editor escoja con su buen sensatez, sino los que se convierten en tendencia en las redes o los que dictan las mediciones de audiencia. El argumento le ha cedido espacio a la emoción; el prospección, al veredicto sin fundamento; la verdad, a la posverdad. Aristóteles le ganó a Sócrates: cero sano ni para el periodismo ni para la democracia.

Mi padre se graduó de abogado en la Universidad del Rosario, pero nunca ejerció el derecho. Su parecer de graduación –dirigida por Carlos Holguín y Francisco Urrutia– fue sobre la autonomía de prensa. Siempre defendió la institucionalidad, al igual que mi tío Hernando, porque la consideraba el pilar y la aval de las libertades, incluyendo la de prensa.

No me cerca de duda de que aplaudiría la forma responsable como su pupilo, Roberto Pombo, coetáneo director de EL TIEMPO, ha mantenido al gaceta anclado y defendiendo las instituciones, sin dejar de informar, ni de murmurar ni de orientar. Tal vez le advertiría a uno que otro columnista que se han vuelto soberbios,
monotemáticos y predecibles, y que esa es la prescripción más efectiva para seguir perdiendo lectores.

La valentía más sabia que tomó mi padre en su vida fue escoger como compañera y cómplice por sesenta y tres abriles a Clemencia Calderón, la mujer más fabulosa del mundo
, que es como todos los hijos definimos a nuestras madres. Ella fue siempre su polo a tierra.

Compasión que a este gran periodista no le haya atrapado la vida para titular una información que, estoy seguro, le habría causado singular emoción: el desarme de las Farc, la partida que tanto combatió desde la tribuna de EL TIEMPO, y el inicio de la construcción de la paz en su país, que siempre quiso y defendió por encima de todo.

JUAN MANUEL SANTOS
Peculiar para EL TIEMPO
Por otra parte:



MÁS INFORMACIÓN


¿Deseas opinar sobre este artículo?
Facebook
%d bloggers like this: