Sábado picante


Si bien las redes sociales son, por su naturaleza, un medio de comunicación per se, también se han convertido en deleznables canales que, a condición de su “uso gratuito”, los usuarios deben entregar información íntima y personal que luego es usada para el bombardeo incesante de publicidad y alimentar algoritmos para prever el comportamiento, proporcionándole al propietario de la aplicación cascadas de dinero. Nuestra información es valiosa, pero quienes le sacan provecho son Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, y ahora Whatsapp.

Una gran falencia de las redes sociales es su inexistente capacidad de filtrar a quién le dan voz, es decir, a quién le da la llave para que puedan llegar a los ojos y oídos de millones de personas con noticias falsas o charlatanerías. Incluso, le dan micrófonos a criminales de todo tipo. Sin ir más lejos, esta semana le impidieron al desequilibrado de Trump emitir mensajes en las redes sociales. Algunas, hasta que finalice su período presidencial, el próximo 20 de enero, cuando asumirá sus deberes Joe Biden. Trump es un verdadero e impredecible peligro, no solo para los estadounidenses, sino para el resto del mundo.

Pero suspenderle la cuenta es una de sus pocas excepciones. En las redes sociales, hay agitadores profesionales y perturbados mentales que tienen miles de seguidores hipnotizados con discursos mesiánicos. Los mensajes de estos inadaptados sociales, farsantes y mitómanos pasan sin ningún filtro al cerebro sin estrenar de su ejército personal, esos que Rubén Blades supo bautizar atinadamente: zombis. Nunca antes el conocimiento ha estado tan a la mano de la gente y nunca antes ha habido tanta gente que desprecie la sabiduría, la razón y el discernimiento.

Tuve un profesor en la universidad que nos decía que no es noticia que un perro muerda a su amo, sino que el amo muerda al perro. Hemos convivido tanto con la corrupción que ya no es noticia que un político ladrón, su familia, socios y allegados nos roben hasta la manera de caminar. La noticia es que haya un político honesto, con la entereza moral de cuestionar a esos ladrones. Pero la gente honesta en las redes suena aburrida, porque invita a razonar, a comprometerse con una causa, y eso no es lo que quiere el zombi que busca su mesías.

Reflexionar es un ejercicio pesado para un zombi, es el equivalente a correr una maratón intelectual, es echar a andar motores que nunca han encendido ni sabían que existía, como la conciencia, la empatía, los valores, etc. Y hay quienes se aprovechan de eso. Piensan por ellos y, obviamente, a su conveniencia. Es así como el zombi-seguidor se convierte en la masa que apoya, justifica y defiende la lucrativa industria de la corrupción, de la misma manera que nuestra información es el insumo que venden las plataformas de comunicación masiva de internet. Al final, unos y otros somos el ingrediente secreto del éxito de estos abusadores.

El remedio a este oportunismo depende solo de nosotros, de nuestra capacidad de elegir. Recordemos que somos el producto de nuestras decisiones.



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