Sábado picante | La Prensa Panamá


La nueva normalidad. Al principio estaba escéptico, pero en estos catorce meses de pandemia he concluido que las cosas no volverán a ser lo mismo de antes. En mis clases de periodismo en la universidad, a principios de la década de 1980 del siglo pasado, un profesor bastante mayor, nos dijo —sonriente, sabiendo que no le creeríamos— que en solo unos años, la gente podría trabajar desde sus hogares. Eso lo dijo antes de que se masificara en Panamá el uso de las computadoras, primero en las oficinas y luego en las residencias.

Supongo que fue su imaginación, más que la realidad que por entonces vivíamos, lo que lo llevó a hacer esa premonición. Nunca olvidé sus palabras, porque, ya que las había dicho, pues entonces quería ver el día en que, sin salir de la cocina donde desayunaba, ya estaba en contacto con mi oficina. Ese día llegó años atrás, pero ahora la pandemia nos ha obligado a tomarnos más que en serio lo de trabajar en casa. Y es por eso por lo que muchas cosas cambiarán.

He encontrado que muchas personas se han ido a vivir al interior, incluyéndome, para alejarse del tráfico, del estrés, para tener mejor calidad de vida. Y cuando me siento a escribir desde la comodidad de mi casa, me acuerdo del profesor… y de la ineptitud de las empresas de energía, porque no hay nueva normalidad sin dos cosas esenciales: internet y energía eléctrica.

El tema con la electricidad en el interior es que es un completo desastre. Personalmente, he perdido dos televisores a causa de los apagones; he tenido que hacer costosas inversiones para proteger toda la casa de los violentos cambios de voltaje. Incluso, he tenido que instalar una planta fotovoltaica para producir electricidad, porque, además de ser un servicio pésimo, la luz acá es extraordinaria e inexplicablemente cara.

Por eso no pude menos que disgustarme —hasta la ira— cuando leí hace unos días que, pese a que los apagones se producen varias veces al día y casi a diario, la Autoridad Nacional de Servicios Públicos (Asep) decidió reducir la compensación que reciben los clientes de estas empresas por apagones de más de cuatro horas. Originalmente, era el 10% del promedio de las últimas tres facturas por consumo, pero ahora, la Asep la redujo, alegremente, al 1%, que es lo mismo que nada.

O sea, que la Asep, en vez de proteger al usuario de la ineptitud y de los abusos de estas empresas, las premia, les sirve de alfombra. Eso es lo mismo que regulados y reguladores sean socios. La Asep nos convirtió a los clientes, de un solo plumazo, en invitados de piedra, sin voz ni para quejarnos. Para lo que le sirve a los consumidores esta entidad, por mí, que desaparezca. Quizás haya sido útil antes, pero la Asep de hoy sirve tanto como una murga en sepelio. Para lo chapuceros que han probado ser y para la estafa que ellos llaman servicio eléctrico, francamente, empiezo a extrañar el IRHE. (PD. Mientras escribía esta columna, hubo una interrupción eléctrica).



MÁS INFORMACIÓN

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Facebook
A %d blogueros les gusta esto: