La única vez que lloré junto a un ring en 58 años de cronista: Nadie se apiadó de un Muhammad Alí enfermo, indefenso y acabado



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A pesar de las restricciones y la vigilancia, más de 300 personas habían intentado ver a Alí antes del mediodía para saludarlo. Entre ellos Ken Norton, Chuck Wepner, Arthur Ashe, Silvester Stallone, John Travolta… El viejo Buck les decía a todos lo mismo: “Lo siento el campeón está descansando”. No obstante tantos recaudos la suite de Alí comenzó a convertirse en un jubileo: amigos, asesores, componentes del staff… Todos estaban allí haciéndole compañía en el día más importante de su carrera, sin sospechar que unas horas después asistirían a la velada más triste de la historia del boxeo, la noche de su final.

Su almuerzo fue un caos. Mientras él comía el plato de fideos, un pequeño bife de lomo de 200 gramos, una ensalada de tomates, cebolla y apio cuidadosamente indicadas y controladas por el doctor John Newburgli (uno de los mejores dietistas de los Estados Unidos gracias a quien Alí bajó 28 kilos en dos meses) aquella romería bulliciosa y descontrolada hablaba, gritaba, celebraba. Recién hubo paz a las 13.55 cuando Doña Odessa Grady Clay, madre de Alí, llegó a visitar a su hijo. Venía desde su ciudad, Louisville, Kentucky, con un vestido rosa sobre una blusa blanca, anchos zapatos color ámbar café de taco bajo, una cartera de cuero marrón colgando de su brazo derecho y un negro abanico de nacar desplegado. Después del encuentro, Herbert le pidió a la gente que se retirara. El diálogo entre madre e hijo tuvo un comienzo conmovedor, yo lo escuché:

¿Por qué lo haces Cassius? ¡Cuánto te pedí que no lo hicieras!, ¿por qué no me haces caso?

— No digas eso madre, ya verás… Todo saldrá bien, le respondió Muhammad.

Luego se abrazaron y por primera vez se logró un silencio religioso. Alí tomó a su llorosa madre del hombro y juntos marcharon hacia una de las habitaciones para seguir conversando sin testigos…

Escoltado por un Lincoln Continental, Alí llegó al estadio a las 18.11 horas en un Cadillac negro chapa T.D.V 111 de Nevada, manejado por su chofer Bob Clarence. Junto a él iba su admirador número uno Sugar Ray Leonard quien al llegar a la casa rodante que hacía de camarín en la gigante playa de estacionamiento del Caesar’s Palace, exclamó: “Alí, Alí, Alí…”. Y todo el público cercano formó una caravana de aliento haciendo sonar sus estridentes bocinas.

Ricchie Giachetti, segundo principal de Holmes, nos había dicho en la tertulia de la trasnoche anterior que Holmes no se dejaría impresionar por los discursos de Alí sobre el ring. Ray Arcel, acaso el único y último sobreviviente del embrión profesional del boxeo pues lo enseñó desde 1920, también estaría en el rincón para ir replanteando todas las variantes estratégicas propuestas por Alí. Holmes, además de un estado impecable lucía un inquebrantable esquema mental: no dejarse impresionar. Toda la parodia del comienzo con amenazas previas previas a que el árbitro Richard Greene diera las instrucciones fueron en vano. Holmes saldría a acelerar el ritmo desde la campanada inicial y esto produjo el primer síntoma del contraste visual: Alí debió levantar su guardia exageradamente y retroceder en forma vertical pues Larry le llegaba fácilmente con su formidable izquierda. Se advertía un problema de timming en el cálculo defensivo de Alí. Podría decirse que recibía manos que antes hubiese evitado.

Por primera vez en su carrera se lo veía dominado, estático, sin imaginación ni creatividad. Un rival repetido como Holmes, en otros tiempos, no habría podido resistir más de cuatro rounds. Pero ese Alí que creía seguir siendo era la sombra de quien había sido.

La última chance de Alí quedó expuesta en el 7mo asalto: salió a danzar anticipando con su jab de izquierda pero careció de sustento físico frente a un hombre menos dotado pero más rápido y vigoroso; no era el Alí de Liston, ni de Frazer, ni de Foreman, ni de Bonavena, ni de Spinks, ni de nadie; simplemente, no era Alí.

Aquella estatua universal de ébano y gloria se estaba derritiendo en la beodez de su transitar confuso sin que nadie se apiadara.

Fue la primera vez que en 18 años de carrera y 61 combates vi su rostro lastimado, sangrante, congestionado; tenía el pómulo izquierdo inflamado y el ojo derecho irritado.

Al término del 7° asalto me hundí en mi silla de la fila dos del ring side y no pude contener un llanto infantil, catártico, angustiado. Nunca me había pasado antes en mi carrera como cronista de boxeo. Miré a la multitud sin identificar a nadie y me pregunté, ¿nadie va a parar ésta pelea?, ¿nadie se apiadará de él? “¡Párenla, párenla por favor…!”, grité de pie en mi lugar al final de las vueltas 8° y 9°.

Durante el 10° round la esquina de Alí fue una hoguera. Dundee y el doctor Donald Romeo (médico personal de Alí) insistían en el abandono; Bundini Brown (el “brujo”) y Herbert Muhammad (hermano y manager) sostenían que debía continuar hasta el final sea como fuere. Cuando terminó esa vuelta y después de haber visto como le había llegado un derechazo a la sien, Ángelo gritó fuerte, acarició paternalmente la cabeza de Alí, su pupilo de toda la vida, y llamando al árbitro Richard Greene le dijo “no sigue”.

Después, la crueldad; los fuegos artificiales poniéndole color y un fantasioso estallido bajo el cielo estrellado.

Después, la grotesca mueca de Don King sobre el ring sonriéndole a sus negocios futuros.

Después, Holmes en andas y la prensa corriendo tras él.

Después, Alí sentado, indefenso, enfermo, vencido, extenuado, afónico y final…

Después, miles de personas apostando en las mesas del casino, indiferentes, sin angustias ni dolor.

Después, las preguntas: ¿cómo?, ¿por qué?

Un almanaque gigante fue decantando al tiempo y Alí estaba incluido.

Pero aquel almanaque y cualquier tiempo futuro no borrarán jamás su historia.

Hoy, 40 años después, aquellas voces me siguen aturdiendo y veo una vez más en su gesto desesperado el breve paso de la eternidad.

Habíamos asistido a la noche más triste en la historia del boxeo.

Una de las postales de la pelea de Alí vs. Holmes (Crédito: Archivo de El Grafico de Maximiliano Roldán)



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