Juan Carlos Garay lanza su novela ‘Balsa de fuego’ – Música y Libros – Cultura


A principios de los primaveras 70, se conformó un especie de músicos que acompañaba a Leonor González Mina en sus giras europeas. Cuando no se encontraban de delirio con la ‘Negra Prócer de Colombia’, estos artistas se presentaban con el nombre de Columna de Fuego.

Lo interesante de estos músicos es que en un momento impensable se atrevieron a comenzar a fusionar el rock con los ritmos autóctonos colombianos. Tristemente, como anota el escritor y crítico musical Juan Carlos Garay, “el especie no duró mucho, no pasaron del primer disco, pero tenían un sonido roquero, con mucha influencia del folclor. Fueron unos adelantados a su tiempo”. Precisamente ese pudo ser su mismo tormento.

Inspirado en esta imagen, Garay comenzó a tejer la trama de su novelística ‘Balsa de fuego’, en la que rinde homenaje a esa corriente novedosa de grupos que, primaveras más tarde, retomaron los pasos de esos pioneros que fueron Columna de Fuego.

La historia se ubica en un momento más cercano en el tiempo cuando el protagonista, Sebastián, un chavea bajista bogotano de 20 primaveras, decide emprender un delirio a la India, en un intento por encontrar su esencia espiritual.

“Él tiene unas inquietudes muy fuertes alrededor de el ‘heavy metal’, pero que por varios sucesos que va a tener que afrontar se va a encontrar con otras músicas. En la India tiene un despertar espiritual y luego, cuando regresa a Colombia, decide adoptar más el folclor internamente del sonido de su música, y por ahí de paso cambia el rumbo de la música colombiana”, comenta Garay.

La novelística es un reflexiva de la fortuna que tienen la gran mayoría de los periodistas musicales de hoy de ser testigos de primera mano de una época muy interesante en el exposición musical colombiano. En ese sentido, el vademécum recoge ese momento de propuestas novedosas, que se atrevieron a pisar terrenos sonoros que prácticamente eran considerados “sagrados”.

Así comenzaron a surgir bandas como 1.280 almas, La mojarra eléctrica, Curupira, Puerto Candelaria (más conectados con el jazz) o incluso una comparsa como La 33, que empezaron a mezclarle al rock nociones de la cumbia, del currulao y otros ritmos.

“Yo creo que pertenecemos a una concepción que por primera vez apreció lo propio. En los primaveras 80, el rock copiaba el maniquí estadounidense o a veces britano. Pero llegan los noventa, donde poco sucede: aparecen los dos discos de Carlos Vives (‘Clásicos de la provincia’ y ‘La tierra del olvido’) y llega importado de Inglaterra el disco ‘La ascua viva’ de Totó la Momposina, producido por Peter Gabriel. Todas esas cosas nos mostraron que nuestra raíz, nuestro bastimento era muy valioso. Pero casi que tuvieron que mostrárnoslo desde exterior”, explica. A esta tendencia, anota el autor, se unieron tres nociones que fueron definitivos: la aparición del actor independiente, la curiosidad por lo propio y el ímpetu de los jóvenes, cuando los sellos disqueros grandes empiezan a perder poder. Gracias, en parte, a la tecnología y a la facilidad de crear estudios de vídeo caseros.

Con tres novelas publicadas (‘La nostalgia del melómano’, ‘La canción de la vidriera’ y, ahora, ‘Balsa de Fuego’), Garay acepta que la humanidades y el periodismo fueron un refugio que le permitieron hacer ingenuidad el sueño frustrado de ser músico.

“Yo siento que hay poco de músico frustrado, digamos, aceptablemente canalizado. Porque yo en un momento donado de la adolescencia quería ser guitarrista. Y me faltó, creo, persistencia y disciplina. Pero descubrí que tenía una facilidad para la escritura y que esa pasión por la música podía expresarla a través de la carrera literaria”, comenta.

Anota con humor que a esa condición inmadura de querer ser Eric Clapton de la tenebrosidad a la mañana, dio con un profesor que, aunque aceptablemente intencionado, no tenía claras algunas cosas. “La primera canción que me enseñó fue ‘Yo asimismo tuve 20 primaveras’, a mis 13 primaveras. Entonces, es un repertorio que no lograba llegarme”, dice.

Garay apela a una linda imagen para comparar sus dos pasiones, por la música y la escritura, que explica con algunas similitudes. “Por ejemplo, lo que en música son los compases, las pulsaciones que ayudan a que la música se subdivida, en la escritura vendrían siendo los signos de puntuación”, dice.

Y pone como ejemplo las palabras del escritor estadounidense Jack Kerouac, cuya influencia en la obra de Garay ha sido definitiva. “Él decía que no se sentía un escritor sino un saxofonista de la novelística. Y él pensaba, cuando escribía en términos de respiración, ¿por qué el saxofón y no el piano, por ejemplo? Porque evidentemente, los instrumentos de singladura llegan hasta donde llegan tu capacidad pulmonar. Eso quiere aseverar que una frase demasiado larga no sirve. Él escribía como respirando, lo que me enseñó mucho”, concluye el autor.
Visaje al periodismo

Juan Carlos Garay asimismo hace un advertencia, en su nueva novelística, a su profesión. “La novelística está muy influenciada por mi labranza periodística en torno a de la música. De hecho, el narrador de la novelística es un periodista que tiene que cubrir la cuadro musical colombiana”, explica.

CARLOS RESTREPO
Civilización y Entretenimiento



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