Estados Unidos: Elecciones y Covid 19, por Pedro Carmona Estanga


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El proceso electoral en EE.UU. ha entrado en la recta final, en medio de una polarización sin precedentes, y una pandemia que hace de las suyas, con la preocupante cifra mundial al escribir esta nota de 37 millones de casos, de los cuales 7.700.000 en EE.UU. con 214.000 muertos, equivalentes al 21% del total global. La subestimación de las autoridades de ese país a la agresividad del virus le ha pasado una costosa factura, y de allí que la pandemia se haya convertido en un tema relevante de campaña, más aún cuando la familia presidencial ha sido también víctima del contagio, al igual que varios colaboradores en la Casa Blanca. El mundo hizo expresión de buenos deseos por la recuperación del presidente Trump, no solo por elementales razones humanitarias, sino porque el riesgo de una complicación de salud del mandatario incide sobre la estabilidad doméstica en EE.UU. y de la economía mundial.

Sería reiterativo hablar del polémico debate entre los candidatos Trump y Biden, pero la opinión generalizada se inclinó a calificarlo como un evento poco edificante, que puso de manifiesto el irascible clima político prevaleciente, amén de la percepción de una crisis de liderazgo, que opaca el debate de ideas, tema que no es exclusivo de la nación del norte, sino de otros países de indudable gravitación planetaria, como son el Reino Unido, España, y varios países de Europa central o del este, en los cuales han surgido corrientes nacionalistas, populistas y xenófobas.

A pocas semanas de los comicios, el candidato demócrata Joe Biden mantiene una ventaja promedio del 6%, pero como es bien sabido, en el sistema comicial en EE.UU. no cuenta el voto popular, sino la conformación del Colegio Electoral conforme lo establece desde 1787 el artículo II de la Constitución, y en la Enmienda 12 a la misma. El tema es en la actualidad fuente de controversias en el escenario político estadounidense, pero mientras no se modifiquen, esas son las reglas existentes. De hecho, en la historia política de EE.UU., cinco presidentes han perdido en el voto popular y han sido elevados a la primera magistratura, entre ellos en tiempos recientes George W. Bush, quien en el año 2000 perdió en el voto popular contra Al Gore por 544.000 votos, y Donald Trump, que en 2016 perdió en el voto popular contra Hillary Clinton por casi 2.9 millones de votos, pero ambos, Bush y Trump, ganaron en el Colegio Electoral, en el cual se requieren 270 votos para ser elegido presidente. Otro dato a considerar es que, en pocas ocasiones, un presidente en ejercicio en EE.UU. no ha sido reelecto para un segundo mandato, como ocurrió en el siglo XX con Lyndon Johnson, Gerald Ford, Jimmy Carter y George Bush padre.

El sistema electoral comentado no luce equitativo en épocas modernas, pero a pesar de que algunas plataformas políticas mencionan la posibilidad de eliminar el Colegio Electoral, ello no es una tarea fácil. En efecto, una enmienda a la Constitución de EE.UU. representa un largo y difícil proceso, pues la propuesta debe ser aprobada por dos tercios en la Cámara de Representantes y el Senado, y luego ser ratificada por tres cuartas partes de los Estados de la Unión, o mediante una convención constitucional a solicitud de dos tercios de las Legislaturas estadales, modalidad esta que hasta ahora no tiene precedentes. Es por ello improbable que el mecanismo diseñado por los fundadores en el siglo XVIII sea modificado, no obstante que respondería más al principio universal de respeto a la voluntad popular.

Entre tanto, el país fracturado, en parte por el encendido discurso del candidato presidente, y por visiones distantes con el Partido Demócrata en temas como la salud, la pandemia, la política internacional, el multilateralismo, el racismo, la supremacía blanca, el cambio climático, los escándalos atribuidos a Trump, la política migratoria, y los denuncios de un posible fraude electoral, entre otros, tienen como contraparte los temores a una inclinación a la izquierda del candidato Biden, presuntamente influido por el programa del antes precandidato Sanders. Así, la recta final encarnará una dura lucha, especialmente en los 15 Estados indecisos: Arizona, Iowa, Michigan, Minnesota, Nevada, New Hampshire, Carolina del Norte, Ohio, Pensilvania, Wisconsin, Colorado, Georgia, Texas, Virginia, y el codiciado Estado de Florida, en el cual es determinante el voto latino, y por ello, y porque representa 29 votos electorales, es disputado con pasión por ambos candidatos.

La población de origen latino en EE.UU. es de más de 60 millones de personas, 18,5% del total, según datos del Censo 2019. A su vez, el número de votantes hispanos alcanzó el número récord de 32 millones, 13% del registro electoral, con un aumento del 15% en comparación con el año 2016, con lo cual ha pasado a representar la minoría étnica con más peso en la contienda electoral, por encima de los afrodescendientes. De allí que temas como la política de migración, y los delicados temas de la posición ante las autocracias socialistas de Venezuela, Cuba y Nicaragua, cobren especial relevancia.

En lo personal, pese a las reservas que me generan el estilo pugnaz de Trump y el ensimismamiento de su política exterior bajo el lema del “America First”, reconozco y valoro la defensa que su gobierno ha asumido hacia la causa del rescate de la democracia en Venezuela, como también sobre los peligros que se ciernen sobre el futuro político de Colombia, y la acción corrosiva del narcotráfico. Pero si el triunfador es Biden, el deseo es que sus promesas respecto al blindaje del tema Venezuela bajo una visión bipartidista, prevalezcan de una manera inequívoca. No es poca cosa la que está en juego en el presente, ante la grave amenaza a la paz continental y mundial, liderada por grupos radicales y terroristas que operan desde Venezuela, amparados en las estrategias definidas por el Foro de Sao Paulo, y en los intereses geopolíticos y geoeconómicos de Cuba, Rusia, China, Irán, Turquía, y el crimen organizado. En definitiva, cualquiera que sea el resultado de estos históricos comicios, debería motivar a EE.UU. a diseñar una estrategia más solidaria y comprometida con el desarrollo económico y las libertades políticas en América Latina, como también rectificar en la política de aislamiento, con la cual ha ido cediendo gratuitamente espacios en el escenario mundial en favor de otras potencias, que con habilidad saben aprovechar los vacíos dejados por la errónea estrategia norteamericana.



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